Primero, como se disfruta compartir ideas y sentimientos con alguien que sentimos que anda el mismo camino que uno. Que bueno que es cuando una charla puede abrir un camino que parecía cerrado, despertar una idea que estaba dormida, disipar nubes y mostrar al cielo aun más azul. Que increíble cuando solo las palabras convierten a una situación en placentera. Creo que esto es lo que nos impulsa a continuar haciendo culto a las conversaciones que parecen casuales y banales, pero que terminan siendo totalmente trascendentales para los integrantes de dicha comunicación. Porque saben que nada es casual en la vida.
La noche pasada hablábamos del amor e inmediatamente, como si se tratara del Shing y el Shang, apareció en nuestros labios una palabra que parecía equilibrar las cosas: el anti-amor –recuerdos angustiosos de historias de amor pasadas que moldean nuestra forma de amar-. Desde el principio provoca dolores en la boca del estómago, ausencia de amor propio creyendo que somos culpables de algo y hasta ausencia de hambre. Pero en realidad, sentía ganas de verle el lado positivo a esa bendita palabra compuesta, y creo que podríamos escribir varios capítulos que hablen de sus aspectos convenientes para cualquier persona que suele sufrir por amor ¿O a caso hay alguien sobre la faz de la tierra que no haya sufrido alguna vez por este antiquísimo mal? Lo primero que se me vino a la mente fue comparar a los anti-amores con los faros; Y si, tal vez te estés preguntando que conexión tiene un faro con este tema. Empecemos por la definición de faro que dice: “Torre elevada, junto a la costa, en cuyo extremo superior se enciende una luz giratoria para que sirva de señal a los navegantes”. Bueno ahora imaginemos que nosotros navegamos en nuestra barca por el espumoso e incierto mar de la vida con el objetivo de llegar a la isla indicada -cada uno tiene la suya, a no preocuparse- que es un extracto de nuestra esencia y nuestros sueños. Muchas veces, y siguiendo con el ejemplo, el mar nos muestra su poderío desalentándonos con sus olas e intensas brisas, haciéndonos creer por momentos que estamos perdiendo el verdadero rumbo de navegación. Pero así como los marineros tienen sus faros como señales, nosotros podemos usarlos del mismo modo en nuestro mar interior. Para saber cual es la zona del mar que ya navegamos alguna vez y no nos dio resultado o no nos hizo felices. Por ende: más anti-amores/faros, más señales para llegar sin problemas a nuestro destino deseado.
Cuantas veces recordamos con gran resentimiento una historia trunca con una ex pareja –con el peso innecesario que significa para uno mismo- y nos atormentamos pidiéndole a Dios a gritos que no nos vuelva a pasar algo similar. Y que suele pasar: se repite la historia con otra persona totalmente diferente. ¿A que se puede deber esto? Mi respuesta –que nada tiene de absoluta- dice que cuando miramos los fracasos amorosos en función de la otra persona, nos olvidamos de la información valiosa que esa situación nos dio, de los exámenes que rendimos. Y digo exámenes y pido permiso para citar un ejemplo más: Cuando uno no rinde bien una materia en la escuela, tiene que rendirla una, dos, todas las veces que sea necesario hasta que la rinda bien. Y en la vida pasa lo mismo: si no aprendemos de lo que nos pasa, Dios nos da la posibilidad de recursar la materia hasta que aprendamos la lección. De esta forma no vamos a decir mas: “siempre, pero siempre me pasan estas cosas a mi” sino “calculo que si siempre me pasa lo mismo será porque tengo que aprender de esto, sino me va a seguir pasando”.
Bueno, todas las palabras escritas en esta hoja nacieron la otra noche. De tu boca y la mía. De tu cerebro y el mío. De nuestros corazones que a veces piensan demasiado. Palabras que se la pasaron volando por mi habitación como mariposas de verano desde que dejamos de hablar del tema. Entonces, esta madrugada…ya con el sol filtrándose un poco por la ventana –como odio acostarme cuando ya amaneció- decidí armar una red imaginaria de letras para atraparlas y estamparlas en estas hojas.